El espejo de la abuela Inés
Frank estaba sumamente feliz. Acababa de llegar a la casa de campo de su abuela Inés.
Era una tarde soleada con pocas nubes, su abuela había salido a comprar comestibles y él comenzaba a aburrirse. Decidió mirar una película.
Preparó unos pochoclos y se sentó en el sofá a ver "Toy Story 3". La idea de jugetes que quieren que alguien juegue con ellos, le recordaba a sí mismo, ya que no tenía amigos, ni alguien con quien jugar.
Miró por la ventana: el cielo estaba totalmente tapado por nubes negras. 'Está por comenzar una fuerte tormenta', pensó´. Y al instante, comenzó a llover.
Frank despertó, pero no recordaba haberse dormido.
Todo estaba igual, pero la película ya estaba por la mitad. Maldijo, se había perdido todo el comienzo. Puso pausa, ya que no quería arruinarse el final.
Su abuela no había regresado todavía. Supuso que los caminos de tierra estaban cubiertas de barro e inundados y por eso no había podido regresar del mercado.
Notó que tenía sed, por lo que se dirigió a la heladera. Qué extraño, solo había Red Bull. 'Ya que', se dijo y tomó una.
Cuando estaba por beber, algo lo detuvo. No estaba seguro por qué, pero algo lo impulsó a dirigirse al ático. Escuchó cómo de un cuchillo al ser arrojado y clavado en la pared. 'En qué rayos estoy pensando', dijo para sí mismo. Decidió entrar a investigar el sombrío ático. Abrió la escalera trampilla y subió. Lo primero que Frank vio fue un gran espejo de pie sobre un objeto cubierto por un manto blanco.
Después notó el estante viejo lleno de peluches que lo observaban con expresiones demoníacas que apuntaban a un último muñeco clavado en la pared con un cuchillo en su pequeña y sucia oreja.
Reconoció al muñeco como su osito Teddy de cuando era niño. Solía jugar con él cuando estaba en la casa, pero un día lo habría perdido misteriosamente. Creyó escuchar a alguien detrás de sí que le decía que lo fuera a buscar.
De la nada, esa tierna y aguda voz le pidió que se volteara. De pronto, se encontró frente al espejo, que le devolvía la borrosa imagen de un adolescente de alrededor de 16 años con ojos marrones, cabello castaño oscuro y corte militar. Flacucho, de tez blanca y que no medía más de 1,70 m, que sostenía una lata de Red Bull en su mano izquierda.
Al momento la imagen se deformó y cambió. Mostraba al muchacho dormido en el sillón con la película avanzando. Se concentró en sí mismo o ya sabría el final: su yo del espejo se despertó de lo que parecía una pesadilla ya que lucía asustado y sudado. Fijó su vista en algún objeto que Frank no alcanzaba a ver. Segundos después, apareció una niña pequeña detrás del sillón quien clavó un sin fin de cuchilladas en el cuerpo ya inerte del joven chico con un cuchillo que se parecía terroríficamente al que sostenía a su Teddy en la pared.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Frank. Decidió que sería mejor salir de ese horrible ático, pero descubrió que la puerta se había atascado. Tendría que esperar a su abuela Inés regresara. Centró su atención en el espejo: una carta sobresalía del marco.
La leyó. Eran instrucciones de algo como una invocación. Solo necesitaba un cuchillo, una lata de Red Bull y un oso de peluche que apreciara mucho. Como, al parecer, tenía tiempo, decidió hacerlo. Después de todo eran puros inventos fantasiosos.
Frank siguió todo el procedimiento al pie de la letra. Pero, al finalizar, nada sucedió. Se levantó y llamó a su abuela. Nadie respondió. Sintió un agudo dolor en el pecho y un espeso líquido bajando por su abdomen. Se miró. El cuchillo sobresalía de su caja torácica. La sangre escurría hacia abajo. Una tierna niña de 8 años estaba frente a él, con hermosos ojos verdes y tonalidades rojas. Un largo cabello ondulado y color castaño. Su tez era demasiado pálida y se encontraba bañada en sangre. Era la culpable de su muerte. O eso creía...
Desperté en el sillón y la película ya pasaba los créditos. Frente a mí, el espejo dorado me mostraba las mismas imágenes que había visto en el ático. Una espesa niebla me rodeó. Instintivamente me levanté y...
Era una tarde soleada con pocas nubes, su abuela había salido a comprar comestibles y él comenzaba a aburrirse. Decidió mirar una película.
Preparó unos pochoclos y se sentó en el sofá a ver "Toy Story 3". La idea de jugetes que quieren que alguien juegue con ellos, le recordaba a sí mismo, ya que no tenía amigos, ni alguien con quien jugar.
Miró por la ventana: el cielo estaba totalmente tapado por nubes negras. 'Está por comenzar una fuerte tormenta', pensó´. Y al instante, comenzó a llover.
Frank despertó, pero no recordaba haberse dormido.
Todo estaba igual, pero la película ya estaba por la mitad. Maldijo, se había perdido todo el comienzo. Puso pausa, ya que no quería arruinarse el final.
Su abuela no había regresado todavía. Supuso que los caminos de tierra estaban cubiertas de barro e inundados y por eso no había podido regresar del mercado.
Notó que tenía sed, por lo que se dirigió a la heladera. Qué extraño, solo había Red Bull. 'Ya que', se dijo y tomó una.
Cuando estaba por beber, algo lo detuvo. No estaba seguro por qué, pero algo lo impulsó a dirigirse al ático. Escuchó cómo de un cuchillo al ser arrojado y clavado en la pared. 'En qué rayos estoy pensando', dijo para sí mismo. Decidió entrar a investigar el sombrío ático. Abrió la escalera trampilla y subió. Lo primero que Frank vio fue un gran espejo de pie sobre un objeto cubierto por un manto blanco.
Después notó el estante viejo lleno de peluches que lo observaban con expresiones demoníacas que apuntaban a un último muñeco clavado en la pared con un cuchillo en su pequeña y sucia oreja.
Reconoció al muñeco como su osito Teddy de cuando era niño. Solía jugar con él cuando estaba en la casa, pero un día lo habría perdido misteriosamente. Creyó escuchar a alguien detrás de sí que le decía que lo fuera a buscar.
De la nada, esa tierna y aguda voz le pidió que se volteara. De pronto, se encontró frente al espejo, que le devolvía la borrosa imagen de un adolescente de alrededor de 16 años con ojos marrones, cabello castaño oscuro y corte militar. Flacucho, de tez blanca y que no medía más de 1,70 m, que sostenía una lata de Red Bull en su mano izquierda.
Al momento la imagen se deformó y cambió. Mostraba al muchacho dormido en el sillón con la película avanzando. Se concentró en sí mismo o ya sabría el final: su yo del espejo se despertó de lo que parecía una pesadilla ya que lucía asustado y sudado. Fijó su vista en algún objeto que Frank no alcanzaba a ver. Segundos después, apareció una niña pequeña detrás del sillón quien clavó un sin fin de cuchilladas en el cuerpo ya inerte del joven chico con un cuchillo que se parecía terroríficamente al que sostenía a su Teddy en la pared.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Frank. Decidió que sería mejor salir de ese horrible ático, pero descubrió que la puerta se había atascado. Tendría que esperar a su abuela Inés regresara. Centró su atención en el espejo: una carta sobresalía del marco.
La leyó. Eran instrucciones de algo como una invocación. Solo necesitaba un cuchillo, una lata de Red Bull y un oso de peluche que apreciara mucho. Como, al parecer, tenía tiempo, decidió hacerlo. Después de todo eran puros inventos fantasiosos.
Frank siguió todo el procedimiento al pie de la letra. Pero, al finalizar, nada sucedió. Se levantó y llamó a su abuela. Nadie respondió. Sintió un agudo dolor en el pecho y un espeso líquido bajando por su abdomen. Se miró. El cuchillo sobresalía de su caja torácica. La sangre escurría hacia abajo. Una tierna niña de 8 años estaba frente a él, con hermosos ojos verdes y tonalidades rojas. Un largo cabello ondulado y color castaño. Su tez era demasiado pálida y se encontraba bañada en sangre. Era la culpable de su muerte. O eso creía...
Desperté en el sillón y la película ya pasaba los créditos. Frente a mí, el espejo dorado me mostraba las mismas imágenes que había visto en el ático. Una espesa niebla me rodeó. Instintivamente me levanté y...
Muy bien, Cami! Hermoso cuento!
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